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El Grupo Chaski |
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Con Miss universo en el Perú, mediometraje documental realizado
en 1982, se dio a conocer el Grupo Chaski, colectivo cinematográfico integrado,
entre otros, por Fernando Espinoza, Alejandro Legaspi, Stefan Kaspar, Rene Weber,
Oswaldo Carpió, María Barca, Susana Pastor.
Las manifestaciones de frivolidad y dispendio de un concurso de belleza, contrapuestas
con la exhibición de una situación nacional depresiva, hecha de
recesión productiva, inflación desbocada y violencia interna, fueron
la materia de ese hábil documental que exhibiendo las lacras nacionales
dispuestas como en un mosaico, denunciaba la indolencia de los gobernantes, la
capacidad de la televisión para influir y modelar la conciencia colectiva,
la aparatosa cursilería de una ceremonia transplantada al Perú,
con toda su ostentación de cartón piedra, desde algún auditorio
de Florida.
Desde entonces, la actividad del Grupo Chaski se abrió al campo de la
difusión cinematográfica, distribuyendo filmes propios y ajenos,
nacionales y extranjeros, en barrios alejados o marginales de Lima o en el interior
del país. Pero también, y sobre todo, se orientó a la producción
y realización de cortos y largometrajes.
En el campo del corto destacaron los conformantes de la serie Retratos de supervivencia,
conjunto de cintas que buscó registrar las imaginativas y a veces dolorosas
formas y métodos con los que muchos peruanos sortean la inclemencia de
la miseria endémica en la década de los ochenta, signada
por la crisis económica y la muerte violenta .
Gregorio (1984) y Juliana (1989), sus dos largometrajes, se hicieron
¡¡siguiendo similares métodos de trabajo. Ambas cintas fueron
responsabilidad de un comité de realización que se distribuyó
las tareas en el rodaje. Alejandro Legaspi (Montevideo, 1948) se encargó
de la dirección técnica, reservándose las decisiones relativas
al encuadre, movimientos de cámara, fotografía, etc; Stefan Kaspar
(Biel, Suiza, 1948) ofició de director de producción y Fernando
Espinoza (Lima, 1942) fungió de director escénico, asumiendo la
responsabilidad de la dirección de los actores.
Las películas trazaban la crónica de la travesía urbana de
un grupo de niños derrelictos, víctimas de un absoluto abandono
material y moral, lo que les obligaba a sobrevivir en Lima dedicados a trabajos
eventuales, hurtos y otras modalidades de esa picaresca nacional que ha institucionalizado
la pobreza.
En Gregorio, la aproximación verista se imponía. El "descender
a la calle" para testimoniar los sobresaltos de la vida en la capital de
la eclosión social parecía convertirse en mandato e imperativa palabra
de orden. Buena parte del metraje de Gregorio resumía los modos
de expresión de un neorrealismo de primer grado, perceptibles en el diseño
del proyecto, en el desarrollo de las acciones y en la textura de cada una de
sus imágenes.
Así, el rodaje se llevó a cabo en el paisaje desbordado de la ciudad,
presentado en oposición a aquel espacio progresivamente desolado del campo,
de donde emigra la familia de Gregorio, siguiendo la ruta de tantas otras familias
campesinas en el Perú de la últimas décadas. Destino individual
del niño que resumía todo un destino social.
Reforzaban también la actitud realista, el anonimato de los rostros de
varios de los actores (niños desconocidos, actores de teatro barrial, marginal
o "de grupo") y sobre todo la intención de alertar a la conciencia
dormida del espectador: Gregorio era una apelación cívica,
cargada de una compasión indignada por la suerte de niños que son
víctimas de un mal causado por adultos incapaces de enmendar la ruta de
una sociedad que ha abdicado de uno de sus fines esenciales: el proteger a sus
ciudadanos, especialmente a los más débiles.
Eran perceptibles, pues, tanto la intención de captar las manifestaciones
del maremagnum social causante de la fisonomía actual de Lima y de su inmenso
desorden, como la avidez por capturar, con la inmediatez del testigo ocular, algo
del sentimiento de nuestra experiencia cotidiana. Cualidades testimoniales impuestas
y reforzadas por un estilo fotográfico que dejaba escaso lugar a la estilización.
Él Grupo Chaski acuñó en Gregorio una suerte de
imagen de marca de Lima, figurada como la capital apiñada y mugrienta,
ruidosa, contaminada e inclemente. Imagen a la que el uso recurrente del zoom
o el teleobjetivo aportaba un más desagradable efecto de extrañeza
y chatura, de distancia y pérdida de control. La banda sonora ponía
lo suyo: la flagrante hibridez melódica de los ritmos tropicales urbanos,
andinos, o la fusión de ambos, esa "chicha" siempre presente.
Sobreimpresa en ese flujo documental se desarrollaba la historia del niño
migrante que debe enfrentar a Lima valiéndose de variados recursos de supervivencia
aprendidos en compañía de otros niños, igualmente marginados.
Gregorio y sus compañeros se convertían entonces en personajes de
una ficción pero también en "casos" de un expediente sociológico,
amparados con la caución de lo real hecho discurso cinematográfico.
Desde el inicio, nos enterábamos que el personaje de Gregorio era una
suerte de retrato-robot de los menores que padecen condiciones de vida penosas
en la capital. Migrantes mal avenidos con la gran ciudad, sobrevivientes, la cinta
nos recordaba, con su directa apelación a nuestra experiencia cotidiana,
que Gregorio ha existido y está en las calles, que habita en la puerta
misma del cine. El guión se ofrecía entonces como el soporte para
un relato sobre la existencia, apetencias y fantasías de un grupo de niños
pero también como el resultado de una encuesta, una investigación,
un dossier sobre el caso resumen y el personaje-tipo.
Como ocurre a menudo en estos casos, algo en la estrategia de la película
transfería un enojoso sentimiento de culpabilidad al auditorio. Frente
a la potencia de lo verdadero y de cara a esa constatación de un problema
casi endémico en el país, ¿cómo juzgar los desajustes
de la cinta sin riesgo de parecer insensible, indolente, impasible o esteta?.
Después de todo, el síntoma del fenómeno social era aquí
el impulso y la garantía de la autenticidad de lo mostrado. El relato y
los personajes no servían más que para ilustrarlo.
La película transcurría en la incertidumbre de si privilegiar a
los reales "Gregorio", los niños abandonados de la Plaza San
Martín de Lima, víctimas del desafecto, o al "falso" Gregorio
encarnado por Marino León de la Torre el personaje central de la
cinta, atenazado por una mirada sociológica que, erradicaba casi la ficción.
Dudaba entre convertir a esos niños en los actantes de una ficción
consistente o mantenerlos como "casos" de un reportaje, cifras estadísticas,
problemas de una aberrante organización social.
La secuencia en la que los niños narraban detalles
de su vida mirando* la cámara e interpelando
al espectador, en una suerte de confesión inducida o docudrama de la miseria,
era la expresión cabal de la indefinición del método seguido.
Por un lado, los realizadores neutralizaban su presencia, haciendo que los protagonistas
de la película, signos de una Lima que es resumen de todo el país,
se dirigieran sin intermediaciones a un público al que buscaban informar,
pero también sensibilizar, conmover, concernir con los detalles de su depresiva
situación. Por otro lado, y gracias al hábil dispositivo elegido
el registro casi periodístico de un testimonio ofrecido como de primera
mano la cámara lograba franquear la aparente objetividad del reportaje
para convertirse en personaje, reivindicando la presencia central que poseía
la intervención de los cineastas en ese in-interrumpido alegato sociológico.
Y pese a que los niños eran en ese momento poco menos que víctimas
ejemplares, el fragmento de la cinta resultaba cálido y hasta conmovedor.
Y ello porque los rostros y gestos de los actores se resistían a ser constreñidos
por la sociologización del discurso, anteponiéndole, con su expresión
y su voz, la carne y el espíritu del drama. Si los personajes eran víctimas
del abandono, los pequeños actores no se resignaban a convertirse en meras
formulaciones de una encuesta sobre los males de la sociedad.
Gregorio se ubicó en la intersección de la ficción
dramática y la simulación audiovisual de una grave situación
social, de un hecho de civilización. Fue pues una película que eligió
ser juzgada a partir de lo apriorístico, de los temas o asuntos puestos
al debate.
Juliana, en cambio, trabajó de modo más decidido lo dramático.
Desde el inicio, la exposición se desarrollaba en torno a los elementos
genéricos contenidos en Oliver Twist. La pandilla de niños
ladrones sobre la que ejerce autoridad un jefe más o menos pendenciero
o charlatán, remitía en forma inevitable al relato de Dickens, inefable
mezcla de picardía y melodrama. Y entonces aparecía Juliana Rosa
Isabel Morfino, elegida con singular acierto, la niña que disfraza
su sexo para hacerse aceptar por el grupo de pillastres.
De las posibilidades narrativas ofrecidas por la trama, Chaski excluyó
seguir la vía de las confusiones y equívocos propiciados por el
cambio de sexo de la protagonista, a la manera de Sylvia Scarlett (de George
Cukor, 1936) o La Raulito (de Lautaro Murua 1974). Como en Gregorio,
la decisión se orientó a acompañar a los chicos en su recorrido
por la ciudad para diseñar, una vez más, la crónica y el
reportaje de la Lima del descontrol.
Se descartó pues el tratamiento de un asunto que quedaba apenas sugerido
en la película: la sexualidad en una situación de promiscuidad.
El enmascaramiento de la identidad sexual de Juliana, que hubiera podido dar¡
origen a múltiples situaciones burlescas, de suspenso o sorpresa, e incluso
propiciar la reflexión sobre el prejuicio del sexo como factor determinante
de la habilidad o capacidad de sobrevivencia, se convertía pronto en una
posibilidad soslayada.
Pero a diferencia de Gregorio, mucho más apegada a las convenciones
del realismo documental, Juliana se plegaba a una visión más
interiorizada del abigarramiento, lucía una cualidad más subjetiva
de esa ciudad de la rapiña pero también del consumo. La secuencia
ambientada en el centro comercial, en la que los muchachos liberaban lo imaginario,
era una ligera, vistosa y atractiva trasgresión del realismo más
o menos plúmbeo del que adoleció Gregorio y que lastró
varios cortos del colectivo.
El Grupo Chaski preconizó, desde sus inicios, una actitud y una metodología
ante el cine cercana a aquella que propusieron, juntos o por separado, Vittorio
de Sica y Cesare Zavattini:
"Un cine responsable, lúcido, inmerso en lo cotidiano, con una
estética de la cohabitación, de la convivencialidad, una creación
colectiva incluso" (Barthelemy Amengual).
Su poética es la del hombre (el niño) común, la del personaje
ordinario, la del ciudadano normal y cotidiano. Por eso, la mirada del grupo se
afinó cuando tuvo que rastrear lo banal, lo menudo, la experiencia social
compartida de todos los días. Y es que allí encontraron las bases
de su estética, fundada en la expresión de lo real, lo auténtico,
lo "social".
Sus películas postularon una y otra vez que nuestros prójimos
se nos asemejan más en lo ordinario que en lo excepcional. Y sin embargo,
paradoja mayor, todos los protagonistas de Chaski terminan poseyendo una cualidad
"heroica". Y es que los hombres ordinarios (Gregorio, Juliana, los "sobrevivientes
de oficio") acceden a la dignidad y hasta a la exaltación (cualidades
de ese heroísmo social anclado en la experiencia de vivir en un lugar y
en un tiempo difíciles) gracias a la promoción del esfuerzo y el
desafío a las privaciones cotidianas. Hasta que ello ocurre, mientras llega
esa epifanía profana, se mantienen como típicos "antihéroes",
cifras anónimas, mandatarios de todos aquellos que vieron sucumbir la vida
agraria y se sometieron al desgaste cíe la urbe.
Ahora bien, si Gregorio fue el equivalente a El lustrabotas (Sciuscia,
de Vittorio de Sica, 1946), suerte de discurso del método realista, Juliana
se acercó más a Milagro en Milán (Miracolo a Milano
de Vittorio de Sica, 1950): la conclusión de ambas se volcaba a lo maravilloso.
En un ómnibus capaz de iluminar la ciudad, Juliana y sus amigos entonaban
una canción de solidaridad. Nada ni nadie podía ya aprovecharse
de la debilidad de esos niños que marchan juntos.
El final de Juliana lograba transmutar el sentido de militante responsabilidad
social del grupo realizador en un tónico humanismo, capaz de trocar la
dialéctica por la apelación a la fraternidad sin límites.
Se imponían entonces el acento jubiloso, el llamado aleccionador y la máxima
de una infancia capaz de sobreponerse a cualquier adversidad siempre y cuando
su unión derrote a la indiferencia. La conclusión, por cierto, disolvía
el carácter revulsivo al que parecían apuntar varias de las situaciones
de la cinta. El afán de poetizar y sublimar terminaba volviéndose
contra supuestos y postulados desmitificadores expresados en declaraciones, textos
e imágenes previas del colectivo. El señalamiento de las lacras
se abría de pronto al mensaje esperanzador, al signo de concordia y a la
multiplicación de los sueños compensatorios de la miseria. La mitología
de la solidaridad universal se instalaba en el centro de un relato híbrido
de afán testimonial y ensoñación de cuento de hadas con moraleja
y subida al cielo final.
Otra preocupación vinculaba a Gregorio con Juliana. Ambas
buscaban diseñar la nata en la que se va formando la identidad compleja
y mixta de los peruanos de estos tiempos. En Gregorio, la migración
hacia la ciudad era la experiencia esencial y primaria. La llegada a la Plaza
2 de Mayo lugar de confluencia de "todas las sangres" que irrigan
a la capital era el preámbulo de las mutaciones del niño en
su tránsito hacia esa inserción en la ciudadanía, es decir
en las formas, modos e inclemencias de Lima. Tránsito que incluía
la experiencia del mar, de la separación familiar, del ensueño compartido
con otros "náufragos" o sobrevivientes de la ciudad.
En Juliana, la elucidación de la identidad personal pasaba por el
proceso del enmascaramiento de la propia identidad sexual. Juliana se disfrazaba
para poder soportar mejor la dureza de Lima. Sin embargo, la trayectoria no era
mejor ni más cómoda que la de Gregorio. Sólo una cosa la
reconfortaba: su liderazgo final y el vuelco utópico de la película.
¿Hacia dónde se orientarán las futuras cintas del Grupo
Chaski? ¿Se reafirmarán acaso en la efusiva blandura y sentimentalismo
adoptado de algunas de las cintas de de Sica o prosperarán acogiendo los
rasgos de la mirada impasible, pero cargada de poesía, ternura y solidaridad
con los destinos de sus personajes que ofrecieron el Rossellini de Paisa
(1946) o Alemania, año cero (Germania, Annozero. 1947), o
acaso Helma Sanders Brahms en Alemania, madre pálida (Deutschland,
Bleiche Mutter, 1980), esas grandes películas sobre los afanes de
la supervivencia en situaciones de crisis?.
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100 Años de Cine en el Perú: Una Historia Critica,
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Ricardo Bedoya.
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Publicado por:
Centro de Investigación Social de la Universidad de Lima
Instituto de Cooperación Iberoamericana
1992 |
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